domingo 10 de octubre de 2010

4 párrafos y un dolor de cabeza de madrugada.

La última vez que escribí hasta sangrarme las yemas de los dedos, trabajaba en una fotocopiadora ubicada dentro de una “Ciudad Comercial” y había tenido (según yo) uno de los peores días de mi vida. A los 19 años todos los días de mi aquel entonces, recibían calificativos dignos de la biografía de un soldado vietnamita y yo era un ser quejumbroso y amarillo que recién empezaba a estirar la alas. No planeo explicarles el porqué de este “fenómeno” porque terminaría aburriéndolos de lo lindo y según tengo entendido los primeros párrafos de las lecturas no se han inventado para eso. Así que a modo de justificación solo diré que en aquellos días tenía el alma un poco más enredada de lo que la tengo en estos momentos. Anudada alrededor del cuello, para ser increíblemente exactos.

Pero dejando de lado los dramas noveleros, (porque se me pega con Uhu Power el papel de martir de la historia), limpiaré un poco mi teclado y proseguiré con estos recuerdos que me han estado rondando la cabeza desde hace varios días: Eran mediados del 2006 cuando yo (en ese entonces sin oficio ni beneficio) hacía mis pininos en el mundo de la oferta y de la demanda y trataba de descubrir los motivos que me frenaban a tirarme hacia el vacío de cualquier puente que se me cruzara. No era muy feliz, pero eso no importaba, yo con mi diaria infelicidad obtenía lo que quería y acariciaba de a pocos aquel mundo encorbatado al cual todos aspiramos desde chiquitos. El problema era que cuando mis ganas de poder se quedaban satisfechas, un vacío dentro de mi tan rancio como los vapores del infierno, venía a reclamarme y a recordarme que el sistema de a pocos me estaba convirtiendo en una marioneta conformista que sonreía cada vez que sentía dinero en sus bolsillos… una marioneta rosadita que sin saber que quería de la vida, se sentía tontamente ganadora ante la audiencia y enfrentaba a escondidas su derrota en el espejo.

Y fue en uno de esos circulares trotes cuando un buen día del cual no recuerdo exactitudes, la reflexión vino a mí en medio de una marea de bilis muy amarga. No pienso contarles cuantas veces me vomité a mi misma, mis cuantos lagrimones derramé antes de aceptar que lo que había descubierto estaba a punto de convertirse en lo único que podría rescatarme de todos los futuros periodos oscuros de mi vida, y es que de la misma forma que un recién nacido abre los ojos ante el llamado de la existencia, yo ese día abrí mi mente ante un llamado que gritaba desde adentro: ¡Yo he nacido para desgarrarme el alma en un delirio y para reconstruirla poco a poco en un poema, para morir envenenada en mis palabras y abrazar la inmortalidad junto con ellas!

Desde esa revelación creo que no he cambiado mucho, aunque creo que a la fuerza he madurado. Si he de ser sincera al final de este relato, tengo que dejar en claro que sigo teniendo el alma atravesada y que todavía paso días enteros en mi cama jugando al borde de una oscuridad que poco a poco me consume. No sé lo que el futuro me depare, y prefiero guardar mis sueños y esperanzas dentro del único espacio iluminado que me queda. Al final de todo solo soy un ser humano que escribe por placer y porque luego de todos estos años, entendió que escribiendo quizás un día muy lejano o muy cercano podrá acabar una a una con todas sus batallas.

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